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Hechos 7:54-59

Néstor O. Míguez

Oyendo estas cosas, se enfurecían en sus corazones y crujían los dientes contra él. Pero Esteban, lleno del Espíritu Santo, puestos los ojos en el cielo, vio la gloria de Dios y a Jesús que estaba a la diestra de Dios, y dijo: «Veo los cielos abiertos, y al Hijo del hombre que está a la diestra de Dios». Entonces ellos, gritando, se taparon los oídos y arremetieron a una contra él. Lo echaron fuera de la ciudad y lo apedrearon. Los testigos pusieron sus ropas a los pies de un joven que se llamaba Saulo.Mientras lo apedreaban, Esteban oraba y decía: «Señor Jesús, recibe mi espíritu».

¿Qué les parece un videojuego que se llame "Apedreando a Esteban"? El jugador forma parte de la multitud y trata de pegarle antes que otros al indefenso cristiano, que sigue y sigue hablando y orando. Se suman más puntos si uno le pega en la boca y lo calla. El efecto sonoro acompaña cada golpe certero con vítores por parte de la multitud. Muchos más puntos se logran si le pega un piedrazo y lo mata. Cuando se da el golpe final se oye un gran grito por parte de la víctima, una ovación de la multitud, y destellos de luces invaden la pantalla.

Después de leer nuestro texto esto parece algo macabro. Sin embargo con juegos como este se alimentan mentalmente millones de niños y jóvenes varias horas por día. Probablemente alguno de Uds. ha jugado algún juego similar. Por supuesto, podemos hacer algo más amigable - también en la Biblia aparecen historias de violencia "buena": un juego donde el pequeño David trata de acertar en la frente del gran Goliat, mientras intenta esquivar los golpes de la lanza y espada del gigante (1Sa 17:50;). Violencia "buena" o violencia "mala" se va instalando en nuestra conciencia la idea de que matar es un juego, que destruir a otro es una victoria, que "los buenos" (es decir, nosotros) tenemos derecho a liquidar a "los malos" (es decir, los otros, los que son diferentes). Los juegos son, tristemente, una preparación para la realidad de violencia, guerra, tortura y exterminio que invade nuestro mundo. Muchos videojuegos se parecen demasiado a un noticiero de televisión.

La violencia siempre ha formado parte de nuestro mundo. Siempre ha habido formas para hacer creer que matar a otro es algo "natural" y necesario. Que matar a otro soluciona nuestros problemas. Nadie se sienta ante un videojuego en que, cuando van a apedrear a una mujer, aparece un Mesías y dice: "Quien esté libre de pecado que tire la primera piedra" y todos se retiran apesadumbrados (Jn 8:1-11). La violencia "vende", la misericordia aburre. Esta es la ideología que se va imponiendo en nuestro mundo, el "programa" que van instalando en nuestras cabezas.

La violencia es parte de nuestro pecado humano, es movida por sentimientos de envidia, encono, temor o soberbia. La piedra arrojada para matar es una piedra que estaba, antes que en las manos, en el corazón. Las piedras, en la honda de David, en manos de los que amenazaban a la mujer traída ante Jesús, o arrojadas a Esteban, eran armas de muerte. Sin embargo, esas mismas piedras, en otros ejemplos bíblicos, sirven para construir una casa con solidez (Mt 7:24-29). Incluso para señalar el lugar de la aparición misteriosa de Dios (Gn 28:10-12). El problema no está en la piedra, sino en la intención del que la arroja, del que la usa.

Cuántas veces, en un Jardín de Infantes, se puede ver que las piezas de un juego de construcción se transforman en armas simbólicas (se construyen pistolas y metralletas para jugar a policías y ladrones o a la guerra) o en armas físicas, cuando los niños se arrojan mutuamente los cubos por la cabeza. Pero también es cierto lo otro, cuantas veces la imaginación de un niño es capaz de crear materiales de construcción con lo que parecen desperdicios o piezas inútiles. Entonces, lo que simplemente eran estorbos o piedras inútiles y desechables se vuelven piedras vivas, cabeza de ángulo, piezas útiles para hacer, crear, disfrutar, servir (1P 2:4-8).

La violencia no solo está en las piedras y las armas. Hay violencia en el hambre que nace de una injusta distribución de los bienes que Dios nos ha dado para compartir. Hay violencia en el prejuicio que afecta a los que son diferentes en su color de piel o cultura, o que impone discriminación a una persona por su sexo. Aquellas formas de ser humano que Dios mismo nos ha dado han justificado muchas violencias, visibles o invisibles. Estas mismas cosas que son datos de la violencia pueden ser espacios de encuentro, de amor, de mutuo enriquecimiento y solidaridad.

Porque así como la violencia es parte de nuestro pecado y nace del corazón, también la posibilidad de amar, servir, proyectar nacen de la imagen de Dios en nosotros, de su amor implantado por la fe en nuestros corazones. Por eso la promesa del profeta es que el amor de Dios transformará nuestros corazones de piedra en corazones de carne (Ez 11:19). La violencia cede a la misericordia, el enojo a la comprensión, la avaricia a la justicia.

A lo largo de su historia también los cristianos y las iglesias, en sus distintas expresiones, hemos confundido las rocas vivas de la fe con las piedras arrojadas para herir y matar. Como los niños del Jardín de Infantes, lo que el Señor nos dio para construir un mundo más hermoso, rico para con todos sus hijos e hijas, lo hemos transformado en piezas con las que, real o simbólicamente, agredimos a los otros, les tiramos por la cabeza.

En medio de un mundo que se empeña en seguir encontrando excusas para hacer guerras y matar, donde quienes se dicen cristianos y defensores de la fe se llenan las manos de piedras, o de cosas mucho peores, se hace necesario volver a escuchar la Palabra que da vida con más fuerza que la palabra que excluye y mata. No hay sanidad posible mientras nuestro corazón siga destilando el veneno del sectarismo o la soberbia. Mientras nos creamos los únicos dueños de la sana doctrina o de una cultura superior.

La verdadera sanidad, que es el camino que nos lleva a una reconciliación, pasa por el reconocimiento de los otros, de sus dolores y sensibilidades, de sus esperanzas y sueños, de la rica diversidad con que el mismo Dios permitió que crecieran y florecieran los frutos de su Espíritu. Ese Espíritu de Dios nos impulsa a ser parte de la creatividad de Dios antes que responder con afán de revancha aún cuando nos toque a nosotros padecer la incomprensión o la violencia injusta, cuando vemos a nuestro alrededor y en nosotros mismos, en muchos casos, las consecuencias de la pobreza y la injusticia. Se trata, como Esteban, de seguir hablando de la gloria del Dios aún en medio de la agresión. El Espíritu alienta la esperanza de un tiempo distinto, el tiempo de la libertad gloriosa de los hijos e hijas de Dios aún en medio de una creación sujeta a vanidad (Ro 8: 18-20).

Sugerencias para el uso

Si el grupo lo permite, o en subgrupos, se puede estimular a que algunos miembros del grupo narren algún episodio violento que les tocó vivir o del cual fueron víctimas. Es necesario hacerlo con cuidado pues en algún caso esto puede provocar emociones fuertes. Después de contar el episodio podemos ver qué reacciones provoca en los escuchas: depresión y dolor, ira y ganas de venganza, disposición a comprender o al perdón... Analizar nuestros sentimientos a la luz del texto que hemos leído.

Otra posibilidad es trabajar sobre una "parábola". Traer un trozo de madera sana y limpia, unos clavos y un martillo. Tener también a mano unas tenazas. Invitar a los miembros del grupo a clavar algunos clavos en la madera. Luego reflexionar juntos, los golpes, el daño a la madera (se puede relacionar con la Cruz de Cristo),... luego se buscará sacar los clavos... hay que hacer tanta o más fuerza que para clavar... finalmente apreciar qué pasó con la madera: aunque se hayan removido los clavos, la tabla ha quedado marcada. Por más que se rellenen o cubran los agujeros, la marca siempre permanecerá allí. comparar esta experiencia con los temas de violencia. Reflexionar sobre el tema de sanación y reconciliación: ¿de qué madera estamos hechos? También en este contexto pensar sobre el significado de la Resurrección.

Los juegos... hacer memoria de los juegos que jugamos últimamente o que vemos jugar a los niños. Cuántos de ellos incluyen formas de violencia, física o simbólica. Cuántos están basados en la competencia. Reflexionar en torno del tema "la violencia se aprende jugando". Buscar o inventar juegos que no impliquen violencia y por el contrario estimulen la solidaridad. Hay grupos que tienen sus páginas en Internet y libros que se dedican a ello. Puede ser una actividad del grupo investigar en su medio si hay publicaciones que estimulen los juegos "para la paz", y conseguirlas para aplicar en la enseñanza en la Iglesia.

Alternativa: organizar un debate, con un expositor o grupo defendiendo una posición y el otro la contraria, tomando argumentos bíblicos, sobre la pregunta ¿Hay una violencia "buena"? Se pueden sugerir como subtemas:

¿Hay una ‘violencia preventiva'? ¿No es esta ya la primera forma de
iolencia?
Cuando la violencia defensiva se hace agresión.
¿Cuál es la relación entre perdón y justicia?

En todos los casos es bueno cerrar con momentos de oración.

Confesión: cuando ejercemos violencia contra otros, muchas veces la violencia simbólica de la exclusión o el desprecio por sus convicciones.

Búsqueda de salud en Cristo: orar unos por otros. Pedir la guía del Espíritu para poder defender nuestra fe sin agresión a otros.