Conferencia sobre Misión y Evangelización


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Santiago 4: 13 - 5:6

Néstor O. Míguez

¡Vamos ahora!, los que decís: "Hoy y mañana iremos a tal ciudad, estaremos allá un año, negociaremos y ganaremos", 14 cuando no sabéis lo que será mañana. Pues ¿qué es vuestra vida? Ciertamente es neblina que se aparece por un poco de tiempo y luego se desvanece. 15 En lugar de lo cual deberíais decir: "Si el Señor quiere, viviremos y haremos esto o aquello". 16 Pero ahora os jactáis en vuestras soberbias. Toda jactancia semejante es mala. 17 El que sabe hacer lo bueno y no lo hace, comete pecado. 5:1 ¡Vamos ahora, ricos! Llorad y aullad por las miserias que os vendrán. 2 Vuestras riquezas están podridas y vuestras ropas, comidas de polilla. 3 Vuestro oro y plata están enmohecidos y su moho testificará contra vosotros y devorará del todo vuestros cuerpos como fuego. Habéis acumulado tesoros para los días finales. 4 El jornal de los obreros que han cosechado vuestras tierras, el cual por engaño no les ha sido pagado por vosotros, clama y los clamores de los que habían segado han llegado a los oídos del Señor de los ejércitos. 5 Habéis vivido en deleites sobre la tierra y sido libertinos. Habéis engordado vuestros corazones como en día de matanza. 6 Habéis condenado y dado muerte al justo, sin que él os haga resistencia.

"A su nombreeeee..." grita el predicador. "¡Gloria!", responde una multitud exultante donde se mezclan gentes muy humildes, niños sucios corriendo, jóvenes que muestran las marcas que dejan el alcohol o las drogas. La antifona se repite tres o cuatro veces, los gritos son cada vez más fuertes. Algunos se desvanecen o entran en éxtasis. Es una campaña pentecostal en las afueras de una superpoblada ciudad latinoamericana. Pero, con ligeras variantes, encontraremos algo similar en Los Angeles o Ciudad del Cabo, y aún en Oslo. En otro lado, o en los mismos, una multitud similar desafina antiguas letanías, reza sus rosarios, arrastra los pies peregrinando frente a la imagen de la Virgen en el sur de Italia o en Manila. Encontramos jóvenes budistas con sus ropas anaranjadas bailando en una plaza pública en Nueva York o Ginebra, y promoviendo una dieta vegetariana en el transporte público de Buenos Aires. Se genera en Francia un conflicto con las jóvenes musulmanas que quieren ir a la escuela con su "shador". La globalización también es un fenómeno religioso.

Las casas de comidas rápidas se encuentran en la mayoría de las grandes ciudades del mundo. Jóvenes y ancianos se instalan frente a las máquinas de Internet para distraerse con juegos en red. Las mismas marcas de ropa deportiva pasan los mismos avisos en muchas partes del mundo. El fútbol reemplaza los juegos tradicionales para los niños en el corazón de África, o es la novedad del programa deportivo en las universidades norteamericanas. La misma cadena deportiva pasa la Fórmula Uno por televisión aún para quienes nunca en su vida han visto un coche deportivo. Más de la mitad de los seres humanos nunca ha usado un teléfono. Sin embargo, sus posibilidades de alimentarse dependen de llamadas que se hacen a miles de kilómetros de donde viven. La globalización cambia tradiciones y costumbres, modifica la forma en que se usa el tiempo libre, apura las comunicaciones, decide el corte o la continuidad de programas de ayuda solidaria. Sin que lo advirtamos moldea nuestros hábitos de vida así estemos en una aldea del sur de Chile, en Mindanao o en Islandia.

Cuando cierra la Bolsa de Comercio en Nueva York está por abrir la de Tokio, y cientos de millones de dólares fluyen en segundos de un lado al otro del mundo en las transacciones electrónicas del mercado financiero virtual, y producen la riqueza de un financista aventurero o la quiebra de una fábrica donde trabajan cientos de obreros. Argentina y Brasil producen millones de toneladas de soja, aunque esta escasamente entra en la dieta de sus habitantes, pero constituye su principal producto de exportación. En cambio, cientos de miles de niños padecen hambre en esos mismos países. Esto también es la globalización.

Y si por un lado vemos el efecto público de la globalización en la internacionalización de las costumbres o en el pluralismo de las culturas y religiones, el efecto menos visible es que la acumulación de la riqueza ha alcanzado sus mayores niveles históricos. Nunca tan pocos llegaron a tener tanto dinero; una minoría de la población mundial (menos del 15%) consume más del 80% de los recursos disponibles. Nunca fue mayor el número de pobres, y nunca tan extrema la proporción entre la fortuna de los ricos y la miseria de los pobres. Y la explotación desconsiderada de los recursos naturales está poniendo en jaque a la misma existencia de la vida humana en el planeta, aún para los ricos. Esta es la otra cara de la globalización.

¿Qué hacen las comunidades cristianas frente a esta realidad? Algunas se alegran porque los medios técnicos permiten alcanzar a todas partes con el mensaje de fe. Pero si ese mensaje no puede cambiar la realidad del 70% de la población mundial que vive en la pobreza o ayudarnos a disponer de una manera sustentable de los dones de la creación, esas bendiciones pronto se verán como maldición. La carta de Santiago, escrita durante la "globalización" que trajo el Imperio romano, anticipa los problemas de la globalización del presente Imperio: la soberbia de quienes se creen dueños del mundo y de la vida, la acumulación de las riquezas frente a la pobreza de los humildes explotados, la corrupción que se impone en un mundo insensible a la voz del justo.

La fe cristiana fue la primera que se planteó lo que hoy llamamos la "globalización", la extensión universal de su mensaje. Pero la globalización que se propuso fue la globalización del amor, el llamado universal a la gracia y la justicia de Dios. Esta globalización actual, de las desigualdades, de las imposiciones culturales, de las ganancias rápidas a costa de los débiles, es justamente su contrario. Por eso es que ya Santiago advierte que quienes así obran se hacen enemigos del amor de Dios.

Ser comunidad que sana y reconcilia es, entonces, ser comunidad de la "otra" globalización, la que nos propone el Espíritu de Dios, la que hermana en la esperanza, la que se expresa en la solidaridad, la que respeta identidades y propone caminos de justicia. La comunidad que puede alzar la voz profética, como la de Santiago, para advertir la destrucción que se avecina si nos empeñamos en la globalización de la acumulación y la injusticia. Somos llamados, pues, a globalizar el mensaje y las prácticas que vuelven a los seres humanos a la obediencia al Dios de amor, a la disponibilidad para servir, al goce de la vida compartida: Esa es la obra sanadora y reconciliadora del Espíritu.

Sugerencias para el uso

El tema también puede ayudarnos a un diálogo intergeneracional (que es otra de las cosas que la globalización tecnológica tiende a destruir). Los jóvenes pueden conversar con sus padres, abuelas, parientes y amigos mayores, también en la Iglesia, y descubrir las cosas que se han modificado en las costumbres y cultura en la última generación. Luego podemos hacer una lista para ver de qué manera la globalización ha afectado la vida en esta comunidad.

Hecha la lista, anotamos de un lado los beneficios que cada uno de estos cambios produjo, y los males que puede haber traído. Podremos notar que en algunos casos las mismas situaciones son consideradas beneficiosas por unos y perjudiciales por otros. O que algunos de los supuestos "bienes" terminan teniendo resultados destructivos para la vida comunitaria.

Finalmente, podemos ver el texto de Santiago 4:13-5:7. ¿Qué criterio usa el Apóstol para señalar qué cosas son las buenas y cuáles las malas?

La conversación puede encaminarse a indicar de qué manera podemos, como comunidades, ayudar a una globalización de la justicia, incluso en las cosas locales.

Otra alternativa es proponer a los jóvenes que hagan un recorte de afiches, carteles o páginas publicitarias o de los avisos publicitarios de la televisión, de productos "internacionales", globales, y analizarlos para descubrir qué valores propician. Esto puede llevar a un debate acerca de qué está escondido en la cultura "globalizada". Luego podemos comparar si son estos los valores y conductas que denuncia Santiago. Un caso interesante puede ser el de la ropa, que es uno de los elementos más internacionalizados, pero el que Santiago condena a la pudrición.

¿De qué manera podemos ofrecer una "contracultura" desde el Evangelio? ¿Cómo sería nuestra publicidad de la "gracia universal"?.