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Romanos 12: 1-21

Peter A. Chamberas

Por lo tanto, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios que presentéis vuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro verdadero culto. No os conforméis a este mundo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál es la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta. Digo, pues, por la gracia que me es dada, a cada cual que está entre vosotros, que no tenga más alto concepto de sí que el que debe tener, sino que piense de sí con cordura, conforme a la medida de fe que Dios repartió a cada uno. De la manera que en un cuerpo tenemos muchos miembros, pero no todos los miembros tienen la misma función, así nosotros, siendo muchos, somos un cuerpo en Cristo, y todos miembros los unos de los otros. Tenemos, pues, diferentes dones, según la gracia que nos es dada: el que tiene el don de profecía, úselo conforme a la medida de la fe; el de servicio, en servir; el que enseña, en la enseñanza; el que exhorta, en la exhortación; el que reparte, con generosidad; el que preside, con solicitud; el que hace misericordia, con alegría. El amor sea sin fingimiento. Aborreced lo malo y seguid lo bueno. Amaos los unos a los otros con amor fraternal; en cuanto a honra, prefiriéndoos los unos a los otros. En lo que requiere diligencia, no perezosos; fervientes en espíritu, sirviendo al Señor; gozosos en la esperanza, sufridos en la tribulación, constantes en la oración. Compartid las necesidades de los santos y practicad la hospitalidad. Bendecid a los que os persiguen; bendecid y no maldigáis. Gozaos con los que se gozan; llorad con los que lloran. Unánimes entre vosotros; no seáis altivos, sino asociaos con los humildes. No seáis sabios en vuestra propia opinión. No paguéis a nadie mal por mal; procurad lo bueno delante de todos los hombres. Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres. No os venguéis vosotros mismos, amados míos, sino dejad lugar a la ira de Dios, porque escrito está: «Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor». (Dt. 32: 35) Así que, "si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber, pues haciendo esto, harás que le arda la cara de vergüenza." (Prov. 25: 21-22) No te dejes vencer por el mal, sino vence al mal con el bien.

La vida de los cristianos ortodoxos en modo alguno se caracteriza únicamente por doctrinas y creencias de índole teórica. El cristianismo es una manera de vivir determinada por la Palabra de Dios en la sagrada escritura de la iglesia. La orthodoxia (creencia recta o verdadera) debe complementarse con la orthopraxia (acción o forma de vida recta o verdadera). Como cristianos, no podemos vivir como queramos ni hacer cosas a las que nos inclina nuestra naturaleza caída. Se nos instiga a trascender nuestras inclinaciones humanas que nos empujan a la conformidad con este mundo, y a trasformarnos por la renovación de nuestra mente y de nuestra forma de vida según la estatura de nuestro Señor Jesucristo.

Comentario e interpretación:

En gran carta a los Romanos, San Pablo, habiendo concluido en los capítulos 1 a 11 su argumentación más bien teológica sistemática, se refiere especialmente, en el capítulo 12 a las consecuencias morales y éticas de la doctrina cristiana para la vida práctica de la comunidad cristiana. La fe cristiana es inseparable de la conducta cristiana. Para entender la relación entre fe y vida, doctrina y ética, es importante evitar un malentendido común poniendo estos dos elementos demasiado netamente bajo las nociones de "teoría" y "práctica", como si hubiera un sistema de máximas y directrices para la vida cristiana distintas de la teología cristiana. De hecho, San Pablo quiere que entendamos que toda acción del creyente se basa en la acción previa de Dios en Cristo. Es precisamente por lo que Dios ha hecho en Cristo por lo que los cristianos son llamados a responder en una fe que se manifiesta en la vida y el servicio. Esto significa que las exhortaciones de San Pablo a la vida cristiana son realmente otra manera de expresar el evangelio de salvación en Jesucristo.

Cuando San Pablo en Romanos 12:1 empieza dirigiéndose a los cristianos de Roma "por las misericordias de Dios", les está recordando de hecho toda la parte doctrinal anterior de su carta.. Está diciendo que todos los consejos siguientes sobre conducta brotan de la anterior declaración de doctrina. . La nueva relación entre Dios y la humanidad, establecida por el amor de Dios en Cristo, despierta en el fiel una respuesta adecuada, obligándolo a consagrarse al servicio de Dios.

La vitalidad de un cristiano se ve en una nueva vida que se ofrece a Dios y se dedica a cumplir la voluntad de Dios en todo lo que somos y hacemos. El sacrificio más verdadero es vivir conforme a la voluntad de Dios, y la más auténtica libertad se encuentra en el servicio y el culto a Dios más dedicados. El evangelio cristiano requiere la limpieza de las vidas por el arrepentimiento y la renovación; las vidas deben estar marcadas por la santidad que se expresa por la disciplina de las experiencias ordinarias en la vida cotidiana. Adorar a Dios en verdad y en espíritu es dedicarnos a él sin reserva, de manera que la calidad moral de nuestra vida corresponda constantemente a la voluntad de Dios.

La debilidad principal del cristianismo de nuestros días es la creciente aceptación del ambiente intelectual, moral y social dominante en este tiempo. Estamos demasiado dispuestos a conformarnos con las modas y las convenciones que dicta nuestra sociedad. Cuando se desarma nuestro sentido de alerta ante el mal, derivamos hacia el acuerdo con los cambios constantes que pide el mundo. Por ello San Pablo recuerda a los cristianos de todos los tiempos: "No os conforméis a este mundo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál es la buena voluntad de Dios". La nueva era que Dios ha inaugurado en Cristo requiere una vida nueva y elevada en la comunidad cristiana. Esta novedad no es una cuestión de cronología, sino una novedad de carácter y naturaleza. Los hijos del mundo han sido hechos hijos de Dios, y deben vivir en consecuencia. Cuando Cristo entra en la vida de un hombre, éste es un hombre nuevo; cuando Cristo entra en la vida de una mujer, ésta es una mujer nueva; la mente de la persona es diferente, se ha transformado esencialmente porque la mente de Cristo está en esa persona. Es el poder muy decisivo del Espíritu de Dios, con el efecto transformador de Dios sobre nuestras vidas, lo que nos capacita para discernir y probar "cuál es la voluntad de Dios". Descubrimos así en nuestra situación real lo que Dios querría que hiciésemos, encontrando nuestro lugar y asumiendo nuestras responsabilidades en la comunidad cristiana de reconciliación y sanación.

Aunque es obligación personal de cada cristiano descubrir y experimentar las posibilidades de la nueva vida en Cristo, no es ciertamente un logro individual. "Unus Christianus - nullus Christianus" (Un cristiano solo no es un cristiano). Nadie puede ser cristiano solo, como individuo aislado, sino conjuntamente con los demás hermanos y hermanas en Cristo. Desde su mismo comienzo el cristianismo existió como realidad colectiva; ser cristiano significaba que uno pertenecía a la iglesia. Pero no era una comunidad basada en la cohesión social, el afecto mutuo o cualquier otra atracción natural. La existencia cristiana supone una incorporación, un devenir miembro de la comunidad apostólica, que fue reunida y constituida por el propio Jesús. Los cristianos están unidos no solo entre ellos, sino que ante todo son uno en Cristo. Esta comunión previa con Cristo hace que la comunión de todos los hermanos y hermanas sea primeramente posible en él.

Un pensamiento favorito de San Pablo es el de la iglesia como cuerpo (cf. 1Cor. 12: 12-27). Los miembros del cuerpo no disputan entre sí, ni se envidian unos a otros, ni discuten sobre su importancia relativa. Cada parte del cuerpo realiza su propia función, por humilde que ésta sea. Pablo cree que la comunidad cristiana debería ser así. Cada miembro tiene algo que hacer, y solo cuando cada uno aporta su propia contribución funciona el cuerpo de la comunidad como es debido.

Cualquier idea exagerada de nuestra importancia deforma la conciencia de nosotros mismos y compromete nuestra relación adecuada con los demás. La comunidad cristiana requiere modestia, juicio sensato y lucidez, que manan de la verdadera humildad cristiana, la cual a su vez viene a nosotros con el estandarte de la fe que se dos da como don de la gracia de Dios. Una medida honrada de nuestras propia capacidades, sin presunción ni falsa modestia, es uno de los primeros requisitos esenciales para una vida útil. Tenemos que usar el don que Dios nos ha dado lo mejor que podamos, aun cuando tal don sea pequeño. No debemos envidiar el don del prójimo, ni lamentar que no se nos haya dado el don de otro. Cada charisma viene de Dios y debe utilizarse, no para nuestro propio prestigio, sino con la convicción de que nuestro deber y nuestro privilegio es aportar nuestra contribución, por humilde que sea, al bien común de toda la comunidad y de los individuos que la componen. Un sentido de interdependencia con los demás y la comprensión y el cumplimiento de nuestras responsabilidades dentro de la comunidad cristiana no solo nos enseñarán a utilizar las aptitudes que Dios nos conferido para el bienestar de todo el cuerpo, sino que nos elevarán a una relación más cercana y más auténtica con Cristo.

Aunque San Pablo no simpatizaba con exhibiciones espectaculares de dones religiosos que fuesen edificantes para los fieles, no vaciló en subrayar que el don ha de usarse para alcanzar el fin al que se destina. Incluso los dones muy prácticos de servicialidad deben practicarse con el debido espíritu de amabilidad y con buen humor, y no degenerar nunca en deberes sin vida y desagradables.

En los versículos 9-13, San Pablo da muchas reglas prácticas para la vida ordinaria y cotidiana de los cristianos. Encabeza la lista la virtud del amor verdadero y auténtico, que es siempre el objetivo final de nuestra vida cristiana, tanto dentro como fuera de la iglesia. San Pablo tiene mucho que decir sobre la respuesta adecuada de todos los creyentes. "Amamos porque él primero nos amó" (I Jn.4: 10). Este amor debe dirigirse no solo a Dios (versículos 1-2) y a otros creyentes (versículos 3-13,15-16), sino también a los que están fuera de la iglesia y en particular a los enemigos, dondequiera que se encuentren (versículos 14,17-21). De nuevo aquí, estas exhortaciones intemporales a practicar diversas virtudes nos recuerdan que la verdadera fe cristiana debe forjarse en el amor genuino y profundo. El amor cristiano debe ser absolutamente sincero; la afectación y la hipocresía nunca pueden coexistir con el amor genuino y auténtico. Tampoco debe ser relegado el amor a un sentimentalismo superficial vacío de toda realidad moral y espiritual que discierne y discrimina claramente entre las fuerzas básicas del bien y del mal.

La presencia del amor verdadero tiene muchos resultados prácticos: Respetamos a los otros y los tratamos con afecto fraternal; evitamos falsas estimaciones de nosotros mismos y, reconociendo y respetando debidamente y con prontitud la dignidad del prójimo, nos acostumbramos no solo a compadecer a los que sufren sino también a alegrarnos con el éxito del prójimo; contribuimos a socorrer al necesitado y ofrecemos generosa hospitalidad, vivimos en armonía con los demás. Un cristiano se entregará a cualquier trabajo, por humilde que sea, con celo y con la mayor dedicación, sabiendo que está motivado por el Espíritu de Dios, que nos pone radiantes, y sabiendo que por medio de ese trabajo todo individuo puede verdadera y efectivamente servir al Señor.

Lo que Dios ha hecho por nosotros ilumina lo que Dios hará por nosotros en el futuro. Los cristianos están persuadidos de que Dios les ama, de que Jesucristo ha hecho posible una vida más abundante y rica para ellos en su iglesia. Este tipo de esperanza conduce a la alegría, porque donde hay crecimiento espiritual y verdadera vida en Dios, hay también brillo y alegría. Sabiendo San Pablo que la adversidad no está ausente de la vida y que a menudo facilita el bien y el crecimiento espiritual, exhorta a todos los cristianos a ser pacientes en sus tribulaciones y constantes en su vida de oración. La fe cristiana no es una garantía de liberación del infortunio; es la promesa de que en medio de la tribulación y el sufrimiento seremos sostenidos y fortificados. Las actitudes indolentes y perezosas en la práctica de la presencia de Dios, particularmente en la oración y el culto, nunca bastarán para crear y mantener la vida cristiana. En sus epístolas, San Pablo hace gran hincapié en la exigencia de un esfuerzo sostenido y enérgico en nuestra vida cristiana.

En los versículos finales (14, 17-21) del capítulo 12, San Pablo pone su atención en otra serie de reglas y principios para regir nuestra relación con nuestros prójimos, que pueden estar fuera de la iglesia o que pueden ser nuestros enemigos. En lugar de maldecir debemos bendecir, hablar bien de quienes nos persiguen y orar por ellos. A este fuerte contraste nos mueve el amor de Cristo. ¿Qué hemos de hacer ante el mal? Al menos no hemos de pagar al trasgresor en especie, mal por mal. El amor cristiano requiere transcender el mal y manifestarse en el bien que transforma (cf. Mt. 5: 46-47; I Cor. 13: 5-7). Sobre la cuestión de la venganza (v.19), San Pablo plantea el problema del nivel de relación de Dios con todos nosotros. Debemos dejar esta cuestión al justo juicio de Dios. La superación definitiva del mal está en manos de Dios. Debemos pues resistir la tentación de tomar represalias reflexionando sobre las altas verdades de la doctrina cristiana respecto al propósito justo y benéfico de Dios en un universo en el que las leyes morales y espirituales, como las físicas y materiales, siguen el curso que se les ha trazado.

En una auténtica vida cristiana, no basta simplemente abstenerse de juzgar y de vengarse; debemos también estar dispuestos a ofrecer ayuda activa a nuestro enemigo cuando está en extrema necesidad. Si tiene hambre, debemos alimentarlo; si tiene sed, debemos darle de beber. Esta es la ley cristiana del amor, que permite al pecador verse a sí mismo con esperanza y gracia, sin sentir el impulso de defenderse. Mediante este acto de amor un enemigo se encuentra frente a la santa voluntad de Dios, quien en tales circunstancias es como "un fuego que consume" a efectos de limpieza y purificación.

En la exhortación final de este pasaje, "No te dejes vencer por el mal, sino vence al mal con el bien", San Pablo quiere expresar la suprema verdad cristiana de que la victoria pertenece al amor. La bondad puede ser vencida por el mal, si se permite que el mal tome el control y nos dicte las condiciones en que han de establecerse las relaciones humanas. El elemento de esperanza en nuestras situaciones humanas enmarañadas y difíciles es la bondad de la vida cristiana. Como hijos de Dios, no confiamos en nuestro propio saber sino en los poderes espirituales que podemos captar y hacer nuestros creyendo que Dios coopera para el bien con los que le aman. Este consejo final de San Pablo resume todo lo que ha dicho sobre nuestra relación con quienes se oponen a nosotros. Es epítome o compendio de la actitud característica de todo el Nuevo Testamento en todos los problemas de la conducta humana. Esta actitud expresa muy fielmente todo lo más distintivo de la vida y la enseñanza de Jesucristo, quien inspira todo el pensamiento y la conducta de San Pablo. En definitiva, la esencia del discipulado cristiano es una entrega personal a la voluntad de Dios en Jesucristo.

Si los creyentes actúan realmente como dice San Pablo en Romanos 12, podemos tener en verdad cristianos reconciliados y sanos, que presumiblemente podrán crear comunidades de reconciliación y sanación. Esto puede suceder ciertamente no solo porque "Dios estaba en Cristo reconciliando consigo el mundo" (2Co. 5:19), sino también porque nosotros por nuestra parte nos hemos reconciliado con Dios. No solo en Cristo en medio de nosotros, sino que también nosotros estamos manifiestamente en Cristo por el poder del Espíritu Santo. Siendo esto una realidad presente aquí y ahora, es también nuestra esperanza y oración constante y ferviente para el futuro: ¡Ven Espíritu Santo, sana y reconcilia! Queremos ser transfigurados en esa maravillosa forma de vida que verdaderamente nos transforma en comunidades de sanación y reconciliación.

Sugerencias y preguntas para ulterior reflexión y aplicación:

  1. Cada miembro del grupo de estudio debería leer y estudiar el pasaje bíblico anticipadamente familiarizándose con su contexto general en la Biblia. Pueden buscarse otros pasajes familiares y relacionados para comparación.
  2. El grupo de estudio puede acercarse al texto con una actitud meditativa y orante, empezando con una oración para pedir orientación e iluminación para entender y apreciar la palabra de Dios.
  3. Cada persona puede intentar leer el pasaje como un mensaje de Dios dirigido personalmente a cada uno de nosotros, que requiere una respuesta personal de obediencia.
  4. ¿Es posible una respuesta personal de obediencia a las exhortaciones de nuestro pasaje? ¿Qué exhortaciones crees más fáciles de aplicar a nuestra vida, y cuáles más difíciles y por qué?
  5. Si aceptamos la Biblia como Palabra de Dios autorizada en lenguaje humano, con una naturaleza tanto divina como humana, ¿qué elementos de nuestro pasaje pueden considerarse divinos, y cuáles humanos?
  6. En el cristianismo ortodoxo, la iglesia y la Biblia son interdependientes e inseparables. ¿Crees que el pasaje estudiado apoya esta verdad en algún sentido?
  7. Si, como muchos cristianos creen hoy, el cristianismo se encuentra en una vía muerta porque los cristianos no han sido verdaderamente cristianos, ¿qué luz arroja nuestro pasaje sobre nuestras dificultades? ¿Cómo apunta a la formación de una nueva humanidad? ¿Cómo puede ayudarnos a crear comunidades de sanación y reconciliación?